La primera década posterior a la Revolución Mexicana, cuando se inició la explotación intensiva de las maderas y las resinas del entonces territorio federal de Quintana Roo, fue el marco de una inédita colaboración entre mayas de antigua tradición rebelde y noveles empresarios de la península de Yucatán. Carlos Pardío Cámara y su empresa, la Negociación Chiclera Mexicana, son el prototipo de las nacientes compañías que durante el decenio del auge chiclero tendieron puentes de interés mutuo con comu-nidades mayas renuentes a toda autoridad peninsular. Las expectativas que despertó la comercialización del chicle acercaron a indígenas y empresarios. Los primeros cedieron a su secular aislamiento; los segundos derribaron algunos de sus propios prejuicios. Cuando la bonanza llegó a su fin, la costa oriental de Yucatán ya no volvió a ser la misma, el comercio del chicle transformó la fisonomía urbana de varias villas y pueblos, hizo germinar nuevos grupos públicos y fue punto de partida para que los indígenas más tradicionalistas de la región se integraran a la economía de Yucatán.
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